Una noche de brujas con memoria, con rabia y con cariño

Qué tal, seguidoras y seguidores de la Tribu Pilcomayo. Hoy es 31 de octubre y ya me imagino el panorama: criaturas con sombrerito negro, escobas de cartón, alguna tía disfrazada de bruja que, ojo, le queda de maravilla. Todo muy lindo, muy de risa. Y yo, que soy de las que se ríen primero, hoy les pido que me regalen unos minutos para pensar en la bruja de verdad. La que no usaba disfraz.

Porque detrás de esa figurita de nariz larga y verruga, hubo mujeres de carne y hueso. Mujeres que curaban, que atendían partos, que sabían qué yerba sirve para el dolor y cuál para la fiebre. Viudas, vecinas, abuelas. Y por eso mismo, o por vivir solas, o por tener opinión, las acusaron, las torturaron y las quemaron.

Sí, así de duro. Pero hay que decirlo, y hay que decirlo con cariño, para que no se nos olvide.

Cuando saber era peligroso

Entre los siglos XV y XVIII, en Europa, se calcula que entre 40.000 y 60.000 personas fueron ejecutadas por brujería. ¿Y saben cuántas eran mujeres? Casi tres de cada cuatro. No fue un malentendido ni una locura de un día. Fue una maquinaria armada, con tribunales, con sentencias y hasta con manual. En 1486 se publicó uno, el «Martillo de las brujas», que enseñaba a perseguirlas y miraba con sospecha especial a las parteras y a las que conocían de remedios.

La pensadora Silvia Federici lo explica en su libro Calibán y la bruja: esa persecución fue también una forma de ponerle freno a las mujeres justo cuando el mundo estaba cambiando. Controlar sus cuerpos, controlar si tenían hijos o no, controlar su plata y su palabra. La que sabía demasiado, la que no obedecía o la que estaba sola y sin quién la defendiera era la que más riesgo corría. Suena a historia vieja, ¿verdad? Pregúntenle a cualquier mujer si le suena tan vieja.

Pongámosles nombre

Porque una cosa es hablar de miles y otra es mirar a una a la cara. Vamos con algunas.

Marguerite Porete. Escribió un libro sobre el amor y la libertad del alma, y lo escribió en lengua del pueblo para que las mujeres sencillas pudieran leerlo. Esa fue su gran falta. No se retractó y la quemaron en París en 1310.

Juana de Arco. Una campesina de 19 años que llegó a guiar ejércitos. La juzgaron por hereje y por vestirse de hombre, y la quemaron en Ruan en 1431. Siglos después la declararon santa. Así es la Iglesia con las mujeres: primero la hoguera, después el altar.

Agnes Sampson. Una partera y sanadora escocesa que su comunidad respetaba. A fines del siglo XVI la torturaron hasta que dijo lo que sus verdugos querían escuchar. La estrangularon y quemaron su cuerpo. Su delito: ser mujer mayor, con saber y con influencia.

Bridget Bishop y Tituba. Salem, 1692. Una aclaración que me encanta hacer porque casi todos se equivocan: en Salem no quemaron a nadie, las ahorcaron. Bridget Bishop fue la primera. Y Tituba, una mujer esclavizada, estuvo entre las primeras acusadas, y a ella le cayó encima el machismo y también el racismo. Cuando hay persecución, siempre pega más fuerte a las que menos tienen.

Anna Göldi. Sirvienta suiza. Denunció el acoso de su patrón y terminó ejecutada en 1782. Ya no se atrevían a decir «bruja», así que la condenaron por envenenamiento. Recién en 2008, o sea más de doscientos años después, el parlamento de su cantón reconoció que fue un asesinato judicial. Doscientos años, fíjense.

Barbara Zdunk. Una de las últimas mujeres quemadas en Europa, en 1811, en Prusia. Pobre y sin nadie que la protegiera. Ya casi estábamos en la era moderna, cuando se supone que el mundo era más razonable.

¿Y por casa, por nuestra América?

También llegó. Con la colonia vino la Inquisición, y en los tribunales de Lima, de México, de Cartagena juzgaron a mujeres indígenas, mestizas y afrodescendientes por usar plantas, por hacer sus rituales, por seguir sabiendo lo que sus abuelas les enseñaron. A muchas curanderas y yatiris las acusaron de brujas o de idólatras porque su saber no entraba en el orden de los conquistadores.

Y lo que hoy llamamos medicina ancestral sobrevivió porque ellas lo guardaron. En silencio. En la cocina, en la huerta, en la memoria.

Acá en el Chaco ese saber sigue vivo. Está en las abuelas que conocen las plantas del monte, en las parteras de las comunidades, en las mujeres que acompañan un parto y también un velorio. No son personajes de película de terror. Son las que sostienen la salud, la palabra y la memoria de nuestros pueblos. Y muchas veces ni les dijimos gracias.

Lo que de verdad celebramos

Dicen que Halloween nace de antiguas fiestas de fin de cosecha, en las que se honraba a los que ya no están. Qué parecido a nuestro Todos Santos, con la mesa puesta, las t’anta wawas y ese cariño por las almitas que vuelven a visitar. Quizás por eso esta fecha nos pide algo más que un disfraz: que miremos atrás y nos preguntemos a quién le debemos la vida, la cura, el buen consejo.

A la bruja nos la contaron los que la persiguieron. Ahora nos toca contarla nosotras. La bruja es la mujer que no se dejó callar, la que supo, la que sanó, la que acompañó a otras. Y muchas de nosotras somos nietas de esas mujeres a las que no lograron quemar del todo.

Así que hoy, entre caramelos y velitas, prendamos una luz por ellas. Por las que están en los libros y por las miles que nunca tuvieron nombre. Que nos recuerden que saber, curar y decir la verdad jamás debió ser un delito.

Ni ayer, ni hoy. Ni sumisas, ni devotas, ni calladas.

Con cariño, Felicidad Alarcón Romero, periodista de La Tribu Pilcomayo